El 24 de junio de 1935, el más popular de los cantantes de tango fallecía en un accidente aéreo, y con su muerte se generaba una leyenda eterna

El pelo engominado y esa sonrisa amplia, que queda grabada en la memoria de quien lo vea, son, desde hace décadas, presencia obligatoria en los bares históricos de Uruguay y Argentina. Todas las fotografías de Carlos Gardel, el máximo cantor rioplatense, siempre transmiten la sensación de estar enfrentado a un galán seductor, hipnótico, melancólico y hasta misterioso que logra trascender el paso del tiempo. Y, por encima de todo, está su voz.

“Ese hombre tiene una lágrima en la garganta”, exclamó un ejecutivo de Paramount apenas lo escuchó cantar en el set de grabación de una de sus películas filmadas en Estados Unidos. El tono sentimental con que interpretaba cada letra que grababa, el uso de los matices, los silencios, la acentuación de las consonantes y su manera de compenetrarse con cada situación que describía, inauguraron una forma de cantar tango que se transformaría en una escuela para los interesados en conocer los secretos de una buena interpretación.

Y también está el mito que envuelve al cantante que, hace exactamente 85 años, fallecía trágicamente durante un confuso accidente de avión en Medellín. Si era francés o uruguayo, si había nacido en 1887 o 1890 y si era un hombre solitario que jamás había tenido pareja. Hasta se llegó a alimentar la teoría de que el cantor sobrevivió al accidente de Medellín y que, desfigurado, se ocultó en una hacienda del norte de Colombia hasta su muerte.

“Gardel se ofrece a los ojos de la posteridad como un constante enigma”, sintetiza Ernesto Sábato en su libro El tango. Discusión y clave. Todas esas cuestiones cargan de un aura misteriosa al personaje, y dieron paso a incontables libros con teorías sobre su vida. Lo que es irrefutable es que Gardel murió en la cúspide de su carrera, haciendo de la tragedia la consolidación de una figura casi divina. Es que en 1935 había filmado dos películas, El día que me quieras y Tango bar -de las que nacieron clásicos como “Por una cabeza”, “El día que me quieras”, “Volver” y “Sus ojos se cerraron”-, y, cuando murió, se encontraba en medio de una gira latinoamericana que llegaría a su final en septiembre, con recitales en Buenos Aires.

Gardel había alcanzado un nivel de popularidad inaudito para la época. En sus últimos años filmó varias películas en Estados Unidos, llevó el tango a París y se codeó con las máximas figuras del momento. La escritora e investigadora argentina Martina Iñíguez define la llegada del artista a nivel popular: “Gardel fue el primero que comprendió la importancia de la imagen. Filmó películas donde dejó grabada su imagen y grabó canciones en un momento en que no todos podían hacerlo. Además tenía una imagen que, vista ahora, no resulta ridícula ni desactualizada”.

El cine, los retratos fotográficos y las más de 950 canciones que grabó a lo largo de dos décadas de carrera, fueron fundamentales para que el músico se haya consolidado como una de las figuras más reconocibles de la cultura rioplatense. “Gardel es como un himno patrio”, le dice a El País Carlos Rodríguez, de Radio Clarín, la emisora que se encarga de mantener vivo su legado del y que todos los días transmite sus canciones en las horas pares. “Se mantiene vigente por su forma de interpretar el tango. Su voz era fenomenal, pero al cantar tenía una forma especial de contar que hacía que la letra se haga una vivencia”.

Y ese es el secreto de la vigencia de El Mago. Sin la exageración ni la repetición de recursos, podía adoptar una expresión dramática y casi desesperada (“A mi madre”, “Sus ojos se cerraron”, “Chorra” y “Desdén”), pero también presentarse en un rol alegre y casi humorístico (“Micifuz”, “Naipe marcado” y “Cara rota”). A su vez, sabía abordar una interpretación repleta de dulzura y delicadeza (“Mis flores negras”, “La novia ausente”). Y, por si fuese poco, también brillaba en las canciones en que, a través de sobregrabaciones, hacía duetos consigo mismo (“Jujeña”, “Angustias” y “La pastora”).

“Cada vez que lo escucho parece que volvió a grabar, porque siempre se encuentra un matiz nuevo”, le dice a El País el periodista especializado en tango Norberto Chab. “Inventó la figura del cantor de tango y generó una corriente de compositores del género que escribían historias en dos o tres minutos, haciendo una condensación de lo que sería una obra de teatro. Y encuentran en Gardel a un cantor que le da valoración a la letra. Era muy sutil con el toque sensible de las letras, no era solo un repetidor de versos”, agrega.

Las palabras de Chab coinciden con el popular dicho de que Gardel “cada día canta mejor”. Es que entre los años que pasaron desde su dúo de guitarras con José Razzano hasta las grabaciones con orquesta, su interpretación había adquirido una serie de matices y de capacidad de transmitir emociones que lo habían consolidado como uno de los cantantes más importantes de su momento. El artista murió repentinamente en 1935, pero su legado y su obra se mantienen presentes para todos lo que quieran acercarse a la voz más importante de Río de la Plata.

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